A todos los que alguna vez nos guiaron o nos siguieron hasta el fin.
Cierro los ojos y es justo ahí, que reconozco entre el miedo de no poder respirar, de evaporarme entre escombros de tierra y sal; el miedo de no poder salir de ahí y no verte nunca más.
Después de tanto, estábamos aquí.
Por las veces que nos tuvieron de frente sin que nos vieran realmente y que no pudimos hacer nada al respecto.
Esta vez, nos dejo ir con las manos abiertas, sin ninguna posibilidad y sin esperar nada más. Con claridad y sin daños. Sin más.
Por las primeras, las últimas y, sobre todo, las segundas veces.
Una ventana y dos mundos.